
La razón es que, tal como yo lo veo, se trata seguramente del artículo más lúcido que he leído en una publicación periódica. Este texto es una bofetada de cinco dedos al hombre occidental. No me preocupa comprobar la fiabilidad de los hechos y datos que se exponen: eso es accesorio. De este artículo me fascinan la actitud escéptica y el espíritu crítico del autor, y cuando digo crítico quiero decir crítico de verdad, no crítico en la vena dogmática del progresismo occidental. Ésta es la actitud que empuja los cambios.
En este artículo no leo consignas arbitrarias contra dictadores random, ni peloteos fáciles a los revolucionarios de fin de semana, ni apelaciones a derechos humanos. Leo a un hombre hablando de realidad con mucha calma, no ya un hombre, un estadounidense que es capaz de no derramar ni un poquito de odio burlón hacia un gobernante de un país musulmán, aun cuando lo podría hacer fácilmente y muchos vendrían a reírle el chiste aunque fuese malo.
No sólo no toma esa actitud mezquina, sino que avisa severamente, bajo ese velo de sátira, de la rapidez con la que americanos y europeos nos estamos alejando de la realidad.
Es muy grave que nos hayamos creído que las redes sociales han arreglado algo en otros países, que han cambiado algo. Nos lo han dicho y nosotros hemos dado la razón a aquella máxima de César, que sabía que los hombres creen fácilmente aquello que que querrían ver como cierto por poco sostén que tenga.
Nos gusta creer que somos importantes, nos encanta que nos adulen porque hemos ido un par de días a dormir a una plaza pública en una ciudad, completa nuestra felicidad el saber que los patios de luces virtuales inventados por nuestra civilización han alumbrado a los pobres desgraciados que no veían. Es tan ridícula toda esta maniobra publicitaria de Facebook y Twitter que probablemente dará para una buena comedia dentro de algún tiempo. Sin embargo, ahora mismo no cuesta nada creerse esas cosas: nos las repiten a diario hasta darlas por entendidas. Después las oigo en todos los rincones de mi mundo, y me río a carcajadas de los ingenuos Quasimodos que se han dejado poner la corona. La historia del mundo se ríe de ellos. El futuro ni siquiera los ve.
Pronto recibirán los latigazos de la realidad. Mientras tanto, que disfruten de su reinado.
Nuestra vanidad es pequeña, como corresponde a espíritus estrechos y mohosos, pero revoltosa y quejica, y es lo único que sale de nuestras entrañas en estos episodios lamentables. ¡Los hay que saben cómo picarla!
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pepitazulua, hace 11 meses
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