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En su día publiqué el siguiente post: 'Sons of Anarchy' o cómo las series siguen desbancando al cine. Y, la verdad, aunque aún no la había visto, dí en el clavo. Sons of Anarchy es pura poesía.
Desde los adentros de un club motero de California, la serie se va desarrollando a base de malas palabras, violencia, mujeres duras, hombres con sed de venganza, prostitutas y muchas armas, mucho comercio ilegal de armas y, sobre todo, competencia: Los Mayans, Los Calaveras y, como no, el Sheriff y la ATF. Pero, ¿quiénes son los malos aquí? La línea entre el bien y el mal nunca había sido tan difícil de distinguir. A priori, los que comercian con armas y matan son los malos, pero ¿y si tienen un código de honor más honesto y leal que la propia policía? Al final te sientes más al lado de los a priori malos que de los a priori buenos.
Y ese es el escenario que a lo largo de 3 temporadas de 50 minutos cada capítulo me ha llevado a enamorarme de Sons of Anarchy, situándola en el podio que en mi vida ocupan Los Soprano, The Wire y A dos metros bajo tierra.
No hay mucho más que decir a parte de que la segunda temporada lo dejó a huevo para una tercera y aquí la tenemos. Ahora, ¿habrá cuarta? Diría que sí, aunque la tercera deja ciertos asuntos bien cerrados (no pienso dar spoilers), FX no puede permitirse encerrar Sons of Anarchy en el cajón.
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