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Las tarjetas en el fútbol

Wild Bill / Barcelona, Catalunya
El fútbol es un deporte "de contacto", que se dice, pero desde el principio se ha prohibido el contacto que atenta contra la deportividad y la buena fe: no se puede ir con fuerza excesiva a buscar un balón que tiene un rival, no se puede derribar a un rival (si se lo derriba tras quitarle el balón, como en un "tackle", se entiende que es el rival el que reacciona tarde), no se puede agredirlo de ninguna manera. Tampoco se puede tocar el balón con el brazo ni la mano, ni se debe impedir la ejecución del juego de otra forma que no sea disputando el balón con nobleza y mientras éste está en juego.

Hay acciones que hoy en día se dan como normales, pero que se sabe que son, más que antirreglamentarias, antideportivas: hacer faltas a destiempo, atacar a un rival sin intención de jugar el balón, servirse de las manos o los brazos para hacerse con el balón, o dejar pasar tiempo sin poner el balón en juego cuando el resultado es favorable. Nadie dirá que ninguna de estas infracciones es grave, porque estamos acostumbrados a ellas, y por actitudes así se inventaron las tarjetas.

En realidad, lo de las tarjetas es una excentricidad bastante divertida, y más aún cuando nos planteamos si han existido siempre, tras lo cual deduciremos fácilmente, aunque no lo sepamos, que no, sería muy raro que hubieran nacido con la idea original del fútbol.
Al fútbol se jugaba con un árbitro, como es normal en todos los enfrentamientos, tanto en deporte como fuera de él, para juzgar imparcialmente las violaciones del reglamento. El árbitro paraba el juego cuando alguien quebrantaba las normas, que se entiende que sólo debía pasar por accidente. Si un jugador lo hacía con reincidencia excesiva o maliciosa, o cometía una infracción especialmente grave (normalmente pelearse con un rival, o algo que se salga del juego propiamente), el árbitro lo echaba, y para echarlo hacía algo tan sencillo como decirle que se fuera. Eso nos puede parecer raro hoy en día, pero en realidad lo raro es tener que enseñarle un cartoncillo rojo para formalizar la expulsión.

Las tarjetas se inventaron a finales de los años sesenta y se introdujeron en la élite en el mundial de México, de 1970, y ya universalmente en 1982 (en España, creo que no entraron hasta los setenta). Una leyenda dice que el gran causante de que se inventaran fue Nobby Stiles, un mediocentro del Manchester que, en palabras de Alfredo Relaño, pegaba por vicio. Su trabajo era anular al figura del equipo rival, y lo conseguía haciéndole una falta tras otra, con una constancia mecánica.

Supongo que esta especie de "mito etiológico" explica bien que el fútbol, al profesionalizarse completamente y empezar a mover dinero de verdad, empezó a abandonar la parte que decía "deporte". Por un lado, los árbitros debían verse desbordados. Por la otra, debía de haber una diferencia de criterios alocante en cuanto a advertencias y sanciones. En tercer lugar, el idioma a veces era una barrera.

Por todo eso, se introdujo en el juego un sistema de sanciones estándar (no del todo, pero eso más tarde): el árbitro llevaba encima una tarjeta amarilla y otra roja, la primera para amonestar, la segunda para expulsar. Un jugador al que le muestren la tarjeta amarilla por segunda vez, automáticamente ve la roja y se va a la calle.

Eso último es casi lo único que tiene de estándar el sistema de tarjetas, cuarenta años después. Después de todo, aunque el reglamento prevé situaciones y circunstancias, el árbitro es quien decide cómo aplicarlo en cada caso, y tiene prácticamente los mismos medios y problemas que antes de que hubiese tarjetas, es decir, sigue habiendo disparidad de criterios. ¿Dos amonestaciones = una expulsión? vale, pero el árbitro decide cuándo amonestar y cuándo no, y ese sistema de castigos, en lugar de sistematizar el juego para bien y quitar un problema de en medio, parece que solamente ha conseguido crear un minijuego dentro de cada partido, en el que la cuenta de las tarjetas es una especie de patata caliente y se juega con ello, y se calcula, y se maneja el reglamento a conveniencia. Ya raramente se piensa: una infracción antideportiva = amarilla, sino que se les da un valor estratégico a las tarjetas (incluso los árbitros lo hacen) y se llega a protestar por cosas como recibir una amarilla por la primera falta que se comete, o por una muestra de antideportividad no especialmente violenta, y en general se da una importancia casi fetichista al cartón mismo, en lugar de relativizarlo un poco dentro del juego en general. Se piensa, "la tarjeta ha condicionado al jugador, con lo cual después no ha rendido al máximo". ¿Cómo? ¿No ha podido dar más patadas? ¿de eso nos quejamos? ¿no era ése el propósito? Pues no, más bien se entiende que, si la segunda amarilla es expulsión, eso significa que tengo margen para jugar sucio hasta que me saquen la primera.
En todo caso, con las tarjetas se ha conseguido que se pierda de vista el concepto de fair play. Por lo menos no ha impedido que suceda, si era algo que ya estaba pasando.

Otro problema es que, si en su día fueron una innovación, hoy están obsoletas: en el fútbol se da un sinfín de faltas diferentes, y al final todas se castigan con la misma tarjeta, pero no es lo mismo una patada a la rodilla que una protesta, que un empujón, que una zancadilla, que un "piscinazo" en el área.

Soy partidario o de eliminar el sistema de tarjetas o bien de ampliarlo e introducir castigos como, por ejemplo, expulsiones de tiempo limitado.
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