
El filósofo ilustrado Kant transformó el método científico. En su Estética trascendental teorizó sobre qué era real. Es decir, sobre cómo el ser humano interpretaba su realidad. Lo que podíamos captar mediante nuestra experiencia, lo llamó fenómeno, mientras el que se escapaba a nuestro entendimiento limitado, lo denominó noúmeno. Para ejemplificar mejor esta cuestión, mostró la situación de las abejas. Para ellas, las amapolas son ultravioletas, mientras nosotros las observamos rojas. ¿Cuál es la realidad? Por cada ser, lo que interprete. Otra cosa es lo que auténticamente exista. Y he aquí los límites entre realidad y existencia.
Kant pensó, acertadamente, que para los hombres del siglo XV su realidad albergaba un mundo en el que la Tierra era el centro del universo, pero el giro copernicano demostró que esta realidad, en el fondo, no existía. De esta manera, ¿cuantas cosas que damos por reales, no existirán? Otro ejemplo. Existen tribus aún, que muestran admiración por el Sol, lo que tratan como si de un Dios se tratara.
Nuestra civilización conoce ya que en realidad se trata de una estrella, pero para ellos, en su realidad, el Sol sigue siendo un Dios. Sin embargo, este Dios realmente no existe.
Todo se vuelve más complicado si reflexionamos más allá. Si pensamos en la tecnología que ha logrado el hombre (y la que nos puedan ocultar), podemos llegar a creer que realmente otra civilización anterior a la nuestra nos haya creado, al igual que nosotros creamos robots, máquinas, programas informáticos. O incluso, puede que realmente nuestra dimensión sea falsa y existan otras realidades contiguas que dominen a la nuestra, si hacemos una interpretación algo descabellada de la teoría de las cuerdas.
Quién sabe, y es que nadie puede asegurar que la realidad suya, sea auténticamente la que exista. O por aventura, ¿son conscientes las hormigas de la existencia de los seres humanos? Y sí, pueden llamar hoy loco al que asegure tales afirmaciones, pero emulando el mito platónico de la caverna, si todos los hombres fueran miopes, y sólo un viera normal, se vería como el extraño, como lo anormal, en ese que no fuera miope, y la realidad establecida, que no la auténtica, la que existe, sería la de ser miope, con lo que la evolución, se vería frenada. Nunca lo olvidemos.
La evasión fiscal es delito, pero la el alusión de impuestos, no. Es aquí donde empieza la contradicción, y otra injusticia más en el mundo: los denominados Paraísos fiscales. Todo aquel que posea ingresos superiores a los 60.000 euros anuales, puede lanzarse a la aventura de no pagar ningún tipo de tributación, que total, para eso ya están los "currelas".
Artículo escrito por AdriaAlemany
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M.Phillip, hace 4 meses
Tarde o temprano todos tendremos la ocasión de comprobar personalmente el mayor misterio de todos. Y llegado este punto, lo demás viene por sí solo.