Oiga compadre, mire usted el bonito atardecer. Mire como el fuego inunda los valles, como el río es de sangre, y aquel enorme ser que se arrastrara velozmente por los suelos...Mire, compadre, mire como bailan los cactus al son del atardecer, y los matorrales que corren empujados por el viento. Mire como las serpientes despiertan para recorrer sigilosamente la gran planicie. Escuche usted atentamente, compadre, del aire el silbido del águila y la voz del búho, de la tierra el aullido del coyote y el sonido de los grillos, todos ellos no tardarán en cantarle si les presta atención. Pise usted la tierra, compadre, ahora que todavía está tibia y dorada, ¿No capta la marcha de las hormigas, el correr de los lagartos? Y el horizonte, mírelo ahora que se despide del Sol haciendo el amor con su fuego...
El desierto, compadre, está lleno de vida, y de magia. Escuche usted su silencio, silencio sabio, y deje que estas palabras, las últimas que salen de mi cuerpo, le lleguen a lo hondo del suyo. Compadre, a usted que le estimo tanto y que tanto tiempo ha estado a mi lado, a usted le digo que no me llore, que he vivido una vida simple, pero larga y plena. Que no me llore, compadre, que por fin descansaré con mi viejo amigo el desierto.
Compadre, con el tiempo usted se olvidará de este bonito lugar, pero sepa que cuando lleguen días más difíciles y sienta que la ciudad le desprecia, o simplemente añore compañía, vuelva a pisar estas áridas tierras, en un día como este, en un atardecer igualito; y escuche, sienta, y mire atentamente, pues estaré entre las hormigas, el águila, el grillo, el coyote y las serpientes, entre cactus y matorrales, allí, allí estaré esperándole.








