Yo, con mis achaques apoyados en el bastón de madera tallada, el que me trajeron mis hijas de Cuba, el que parece un tótem para ancianos.
Yo, con mi moño nevado, hábilmente recogido con las manos resposas, llevando a cuestas casi veinte años de práctica.
Yo, con mi sonrisa desdentada, a la que no engatusaron los señores de Corega.
Yo, en el Metro de Madrid.
Una chica joven me mira de reojo durante un instante, calcula mi edad (seguro que falla el cálculo, pero la perdono) y se levanta...
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