El teatro del dolor.
Hace 1 año • 71 visitas • 2 comentarios
"Cuando el dolor se convierte en oscuridad, todo un mundo nos envuelve, nos encerramos en pesadillas diurnas, nuestros sentimientos se convierten en una grotesca función de teatro, donde lejos de escapar, nos convertimos en ese protagonista al que derriten los focos en el centro del escenario."
Tras largo tiempo sin percibir nada por mis sentidos, pruebo a abrir los ojos y tratar de ver dónde me encuentro. No podría afirmar a ciencia cierta si de verdad los había abierto, pues tan sólo una inmensa oscuridad me inundaba. Al quedarme tan escasamente satisfecho por mi sentido de la vista, decido comprobar qué me ofrece mi sentido del tacto; no siento aire rozando mi piel, pero siento una especie de calor muy agradable en mi mano derecha. Agudizo bien el tacto y me doy cuenta de que otra mano abraza la mía y la inunda de una sensación cálida y confortable que, después de permanecer largo tiempo sin sentir nada, se hace realmente reconfortante. Con este nuevo descubrimiento, vuelvo a abrir los ojos; esta vez no era oscuridad lo que me rodeaba. El escenario había cambiado a mí alrededor, ante mí ahora se extendía un vasto desierto que parecía juntar sus arenas con un deprimente cielo de color gris monocromático. Dispuesto a seguir analizando el lugar en el que me encontraba, bajé la vista para ver el suelo que pisaba. Unos pies desnudos irradiaban de blancura un suelo compuesto por adoquines de tonos oscuros, raramente interrumpido por alguno de color blanco. El camino parecía perderse y ocultar su final en el horizonte, ayudado por las dunas de aquel desierto.
De repente vuelvo a sentir los latidos de aquella mano que cubre la mía con cálido tacto. Resuelto a conocer al donante de tan agradable sensación, sin miedo, pero con algo de reparo, comienzo a recorrer con la mirada de abajo a arriba, a aquel ser al que estaba unido por la mano. Unos pies igualmente blancos y desnudos, pero algo menudos en comparación con los míos, sustentaban unas piernas algo finas y débiles, de igual color y tonalidad. Mas arriba, la falda de un vestido blanco radiante como la misma cal, permanecía inmóvil, pues no había aire por allí que pudiese mecerla. Un cuerpo femenino de débil complexión se ocultaba tras aquel blanco tejido; caderas proporcionadas realzaban las curvas del vestido y hombros algo anchos lo sustentaban. Alzando aún más la mirada pude encontrar lo más desconcertante: una cabeza femenina, bien adornada por una buena mata de largos cabellos rizados en un fuerte negro azabache alternaba con la disparidad de una tez sin rostro. Produjo en mi naturaleza racional una gran incomodidad e inquietud. No había nada allí donde se reconocía a las personas, en donde estaba su expresión y singularidad. Todo parecía haber sido absorbido hacia adentro. Esta imagen me hizo apartar la mirada de inmediato, buscando algo de sentido en los monótonos mares de arena gris que devoraban el horizonte en cualquier dirección. La unión de las manos no se movió en absoluto, y aquel suspense me llevó a echar una nueva mirada, armada de valor, al "rostro sin rostro". Siendo esta vez algo más minucioso en mi observación, pude distinguir cómo cualquier signo de identidad era engullido hacia el núcleo de la propia faz. Donde debería haber una nariz que presentase unas determinadas características, un regio agujero negro se extendía, insondable en su profundidad. La inquietud y el desconcierto se comenzaron a apoderar de una forma más sólida de mis sentidos; de tal manera que, cuando aquella cálida mano que pertenecía al curioso ser femenino tiró de mí con insistencia, no pude oponer resistencia alguna para avanzar por aquel camino de las baldosas apagadas.
kiru, hace 1 año
intenso...me gusta