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EL AYLLU Y LA SOCIEDAD INCAICA
La estructura del estado incaico se basó en patrones ya existentes de
organización regional, copiados del sistema empleado por huaris y
tiahuanacotas, en concreto sobre el ayllu, forma habitual al menos en la
sierra desde épocas muy anteriores, que fue modificado ligeramente para
adaptarlo a territorios más extensos. El ayllu era una formación
comunitaria basada en lazos consanguíneos, endógena, con una residencia
común, tierras y ganados comunales y una divinidad tutelar (un antepasado,
fuera persona, animal, vegetal o cosa), que tenía como jefe a un curaca,
descendiente del fundador del grupo, quien repartía las tierras, ordenando
los trabajos comunales y resolviendo los litigios, y por ídolo a una huaca
protectora (deidad principal o antepasado) localizada en la naturaleza
(cueva, roca, manantial, etc.).
El ayllu poseía tierras propias (marca), repartidas entre las familias
para su usufructo, además de otras comunales que rendían beneficio para el
curaca y la huaca. Unas y otras estaban formadas por parcelas en los
diferentes pisos ecológicos del ayllu, de cuyos productos disfrutaban todas
las familias. La medida de tierra que permitía la supervivencia de un
núcleo familiar era el tupu, que variaba según factores como la extensión,
calidad del suelo, regadío, abonos, etc. Todos los miembros del ayllu
trabajaban sus propias tierras y también las de personas incapacitadas por
lo cual recibían el valor de su trabajo en las especies correspondientes.
Esta relación de reciprocidad era tradicional en la sierra y fue extendida
por los incas a otras áreas geográficas (J.V.Murra). Cuando este préstamo
de ayuda era personal se llamaba ayni, y obligaba al demandado a responder
positivamente porque en caso contrario quedaba incapacitado de pedirla para
sí mismo cuando la necesitara.
La prestación de trabajo colectivo al curaca o a la comunidad se
llamaba minga, y durante ella los mingados tenían abastecidas sus
necesidades por el jefe de la comunidad beneficiada, quien no recibía
tributos sino solo esta práctica, a la que debía corresponder
adecuadamente, cuidando del bienestar del ayllu en situaciones normales y
extraordinarias. Así pues, esta relación de redistribución devolvía gran
parte de los beneficios del trabajo, pero no todos, lo que llevó al
nacimiento de diferencias sociales y económicas, es decir, de una inicial
nobleza o grupo de élite. Por otra parte, la prestación de trabajo personal
al Inca (es decir, al Estado) para tareas especiales, aunque solo
temporalmente, se llamaba mita, y era igualmente compensada por el Sapa
Inca con bienes variados. Esta práctica a nivel estatal permitió disfrutar
del máximo rendimiento de todos los "hatun runa" del imperio, bien
trabajando de modo colectivo (cuadrillas en minería, obras públicas,
servicios comunitarios, pastoreo, etc.), bien individual, como artesanos,
tejedoras, danzantes, cargadores, músicos, chasquis, etc.
En una escala más alta, los diversos ayllus aceptaban la autoridad de
otro curaca como jefe superior, y esta relación de dependencia se extendía
también a las huacas respectivas, de modo que la estructura ayllu-curaca-
huaca se repetía y ampliaba a niveles superiores, formando jefaturas. Si
los curacazgos alcanzaban cierta extensión solían disponer de colonias de
mitimaes, grupos de trabajadores en tierras de distinto ambiente ecológico,
cuyo fin era disponer de productos no existentes en el suyo propio. Este
planteamiento estructural buscaba una autosuficiencia para cada comunidad y
por consiguiente limitaba casi por completo la actividad comercial, que
solo era de objetos de lujo, exóticos o de interés religioso y entre las
élites.
La organización sociopolítica de los incas intentaba reproducir este
esquema a escala estatal, comenzando por la zona serrana, por lo que Cuzco,
el Sapa Inca y el Sol equivalían al ayllu, al curaca y a la huaca
principal, y de modo similar, el Inca y el Sol disponían de tierras y
rebaños en muchas regiones, que eran cultivadas y cuidados por los propios
habitantes, a quienes debía corresponder siguiendo el sistema de
reciprocidad: los súbditos prestaban su trabajo y el Inca la redistribución
de parte de lo obtenido. Para que el esquema funcionase a nivel imperial
era precisa una rígida centralización, basada en una exacta y
necesariamente numerosa administración, lo que originó una buena burocracia
estatal y unos precisos sistemas de control de gentes, productos y
tributación. Los censos y contabilidades, posibles gracias al quipu,
sirvieron a estos fines, contabilizando las fuerzas de trabajo, los bienes
y las necesidades del Estado, aunque sin embargo su implantación resultó
difícil en ciertos territorios y además la propia dinámica social, con
grupos de crecimiento paralelo al imperio (nobleza, guerreros, mitimaes,
yanaconas y otros) hacían imposible la práctica de un sistema tan estricto.
La sociedad se organizaba sobre la base del ayllu y ofrecía dos
estamentos claramente diferenciados: el nobiliario y el popular, con la
posibilidad de poder ascender o perder la categoría. El primero lo
encabezaba el Sapa Inca y su familia (la coya, esposa que solía ser también
su hermana, y los hijos legítimos o pihuichuri) originando una panaca o
linaje real que se integraba en la más alta nobleza cuando moría el
fundador. A esta categoría pertenecían también los descendientes
tradicionales de los primitivos ayllus fundadores del Cuzco, formando una
especie de nobleza de sangre, con privilegios especiales corno la educación
en el Yachayhuasi, la exención de tributos, la ocupación de puestos
dirigentes del gobierno, sacerdocio, ejército y enseñanza, matrimonio
especial, poligamia, tribunales específicos y ciertas preferencias en
ostentación de adornos, momificación y, como señal de su clase, la
deformación de las orejas, por lo que se les denominó "orejones". Un
segundo grupo nobiliario, de rango inferior, era el constituido por los
curacas gobernantes de las zonas sometidas, quienes enviaban a sus hijos al
Cuzco para ser educados en la tradición incaica y disfrutaban de
privilegios similares; y también había un cierto número de "hatun runas"
elevados a la nobleza por sus méritos, como premio del Inca.
El estamento popular estaba constituido por los hatun runa (hombres
del pueblo), grupo lógicamente mayoritario y base de la sociedad;
integrados en el ayllu, trabajaban la tierra, cuidaban el ganado, etc. y
prestaban servicio de mita en el ejército, las obras públicas y muy
diversas tareas. El jefe de familia era la figura principal (pureq), que
recibía tierra al casarse y debía responder ante el curaca. La
administración inca, para su mejor control, estableció una división en
grupos, como una pirámide social, de manera que cada 5 hombres tenían un
responsable (pichka camayoc), cada 2 de estos otro superior, cada 50
hombres otro, cada 100, etc., hasta llegar a los gobernadores de provincias
que, agrupados bajo la misma región o suyu (Chinchaysuyu, todo el área al
noroeste del Cuzco; Antisuyu, al norte; Contisuyu, al sur, y Collasuyu al
este y sureste) tenían un jefe militar; no obstante, tal división decimal
parece más un modelo teórico que realmente existente.
Otro grupo popular era los yanaconas, especie de siervos perpetuos, de
condición transmisible a los hijos y bajo dependencia directa del Inca, que
actuaban como criados vitalicios o trabajaban en los campos, las minas o el
pastoreo. Una dedicación femenina especial fueron las accllas, o vírgenes
del Sol, escogidas de niñas entre las más bellas, graciosas, hábiles, etc.
del Incario y recluidas en el Acllahuasi, donde aprendían ciencias
domésticas y especialmente a tejer, y cuyo destino podía varias, desde
quedarse allí como maestras, dedicarse al culto del dios Sol, o ser
entregadas como esposas secundarias del Inca, los nobles o los curacas. Los
mitimaes, gentes trasladadas fuera de su lugar de origen como castigo
ejemplar o con fin colonizador, podían considerarse también un grupo
social en situación especial, si bien sus integrantes eran familias
completas de "hatun runas", o grupos más numerosos. También hubo un cierto
número de artesanos, si bien al tratarse de gentes muy especializadas, cabe
pensar que no eran originariamente incas sino de otras culturas sometidas.
En cuanto a la presencia de esclavos en el imperio incaico,
denominados pinas, solamente consta un grupo, directamente sometido al Sapa
Inca, cuyo origen parece ser su captura en guerras o rebeliones de especial
gravedad, donde en compensación a mantenerlos vivos el soberano les mandaba
a trabajar en los campos de cocales de por vida, tarea muy peligrosa para
la salud, por la humedad, calor y penurias del ambiente, donde además eran
frecuentes graves enfermedades, como la "uta", especie de lepra que
deformaba el rostro. No obstante, estos pinas (hombres y mujeres) disponían
allí mismo de tierras para sostenerse y vivían con total libertad pero sin
posibilidad de cambiar de lugar.