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Profesor: Angel Sanz

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EL AYLLU Y LA SOCIEDAD INCAICA La estructura del estado incaico se basó en patrones ya existentes de organización regional, copiados del sistema empleado por huaris y tiahuanacotas, en concreto sobre el ayllu, forma habitual al menos en la sierra desde épocas muy anteriores, que fue modificado ligeramente para adaptarlo a territorios más extensos. El ayllu era una formación comunitaria basada en lazos consanguíneos, endógena, con una residencia común, tierras y ganados comunales y una divinidad tutelar (un antepasado, fuera persona, animal, vegetal o cosa), que tenía como jefe a un curaca, descendiente del fundador del grupo, quien repartía las tierras, ordenando los trabajos comunales y resolviendo los litigios, y por ídolo a una huaca protectora (deidad principal o antepasado) localizada en la naturaleza (cueva, roca, manantial, etc.). El ayllu poseía tierras propias (marca), repartidas entre las familias para su usufructo, además de otras comunales que rendían beneficio para el curaca y la huaca. Unas y otras estaban formadas por parcelas en los diferentes pisos ecológicos del ayllu, de cuyos productos disfrutaban todas las familias. La medida de tierra que permitía la supervivencia de un núcleo familiar era el tupu, que variaba según factores como la extensión, calidad del suelo, regadío, abonos, etc. Todos los miembros del ayllu trabajaban sus propias tierras y también las de personas incapacitadas por lo cual recibían el valor de su trabajo en las especies correspondientes. Esta relación de reciprocidad era tradicional en la sierra y fue extendida por los incas a otras áreas geográficas (J.V.Murra). Cuando este préstamo de ayuda era personal se llamaba ayni, y obligaba al demandado a responder positivamente porque en caso contrario quedaba incapacitado de pedirla para sí mismo cuando la necesitara. La prestación de trabajo colectivo al curaca o a la comunidad se llamaba minga, y durante ella los mingados tenían abastecidas sus necesidades por el jefe de la comunidad beneficiada, quien no recibía tributos sino solo esta práctica, a la que debía corresponder adecuadamente, cuidando del bienestar del ayllu en situaciones normales y extraordinarias. Así pues, esta relación de redistribución devolvía gran parte de los beneficios del trabajo, pero no todos, lo que llevó al nacimiento de diferencias sociales y económicas, es decir, de una inicial nobleza o grupo de élite. Por otra parte, la prestación de trabajo personal al Inca (es decir, al Estado) para tareas especiales, aunque solo temporalmente, se llamaba mita, y era igualmente compensada por el Sapa Inca con bienes variados. Esta práctica a nivel estatal permitió disfrutar del máximo rendimiento de todos los "hatun runa" del imperio, bien trabajando de modo colectivo (cuadrillas en minería, obras públicas, servicios comunitarios, pastoreo, etc.), bien individual, como artesanos, tejedoras, danzantes, cargadores, músicos, chasquis, etc. En una escala más alta, los diversos ayllus aceptaban la autoridad de otro curaca como jefe superior, y esta relación de dependencia se extendía también a las huacas respectivas, de modo que la estructura ayllu-curaca- huaca se repetía y ampliaba a niveles superiores, formando jefaturas. Si los curacazgos alcanzaban cierta extensión solían disponer de colonias de mitimaes, grupos de trabajadores en tierras de distinto ambiente ecológico, cuyo fin era disponer de productos no existentes en el suyo propio. Este planteamiento estructural buscaba una autosuficiencia para cada comunidad y por consiguiente limitaba casi por completo la actividad comercial, que solo era de objetos de lujo, exóticos o de interés religioso y entre las élites. La organización sociopolítica de los incas intentaba reproducir este esquema a escala estatal, comenzando por la zona serrana, por lo que Cuzco, el Sapa Inca y el Sol equivalían al ayllu, al curaca y a la huaca principal, y de modo similar, el Inca y el Sol disponían de tierras y rebaños en muchas regiones, que eran cultivadas y cuidados por los propios habitantes, a quienes debía corresponder siguiendo el sistema de reciprocidad: los súbditos prestaban su trabajo y el Inca la redistribución de parte de lo obtenido. Para que el esquema funcionase a nivel imperial era precisa una rígida centralización, basada en una exacta y necesariamente numerosa administración, lo que originó una buena burocracia estatal y unos precisos sistemas de control de gentes, productos y tributación. Los censos y contabilidades, posibles gracias al quipu, sirvieron a estos fines, contabilizando las fuerzas de trabajo, los bienes y las necesidades del Estado, aunque sin embargo su implantación resultó difícil en ciertos territorios y además la propia dinámica social, con grupos de crecimiento paralelo al imperio (nobleza, guerreros, mitimaes, yanaconas y otros) hacían imposible la práctica de un sistema tan estricto. La sociedad se organizaba sobre la base del ayllu y ofrecía dos estamentos claramente diferenciados: el nobiliario y el popular, con la posibilidad de poder ascender o perder la categoría. El primero lo encabezaba el Sapa Inca y su familia (la coya, esposa que solía ser también su hermana, y los hijos legítimos o pihuichuri) originando una panaca o linaje real que se integraba en la más alta nobleza cuando moría el fundador. A esta categoría pertenecían también los descendientes tradicionales de los primitivos ayllus fundadores del Cuzco, formando una especie de nobleza de sangre, con privilegios especiales corno la educación en el Yachayhuasi, la exención de tributos, la ocupación de puestos dirigentes del gobierno, sacerdocio, ejército y enseñanza, matrimonio especial, poligamia, tribunales específicos y ciertas preferencias en ostentación de adornos, momificación y, como señal de su clase, la deformación de las orejas, por lo que se les denominó "orejones". Un segundo grupo nobiliario, de rango inferior, era el constituido por los curacas gobernantes de las zonas sometidas, quienes enviaban a sus hijos al Cuzco para ser educados en la tradición incaica y disfrutaban de privilegios similares; y también había un cierto número de "hatun runas" elevados a la nobleza por sus méritos, como premio del Inca. El estamento popular estaba constituido por los hatun runa (hombres del pueblo), grupo lógicamente mayoritario y base de la sociedad; integrados en el ayllu, trabajaban la tierra, cuidaban el ganado, etc. y prestaban servicio de mita en el ejército, las obras públicas y muy diversas tareas. El jefe de familia era la figura principal (pureq), que recibía tierra al casarse y debía responder ante el curaca. La administración inca, para su mejor control, estableció una división en grupos, como una pirámide social, de manera que cada 5 hombres tenían un responsable (pichka camayoc), cada 2 de estos otro superior, cada 50 hombres otro, cada 100, etc., hasta llegar a los gobernadores de provincias que, agrupados bajo la misma región o suyu (Chinchaysuyu, todo el área al noroeste del Cuzco; Antisuyu, al norte; Contisuyu, al sur, y Collasuyu al este y sureste) tenían un jefe militar; no obstante, tal división decimal parece más un modelo teórico que realmente existente. Otro grupo popular era los yanaconas, especie de siervos perpetuos, de condición transmisible a los hijos y bajo dependencia directa del Inca, que actuaban como criados vitalicios o trabajaban en los campos, las minas o el pastoreo. Una dedicación femenina especial fueron las accllas, o vírgenes del Sol, escogidas de niñas entre las más bellas, graciosas, hábiles, etc. del Incario y recluidas en el Acllahuasi, donde aprendían ciencias domésticas y especialmente a tejer, y cuyo destino podía varias, desde quedarse allí como maestras, dedicarse al culto del dios Sol, o ser entregadas como esposas secundarias del Inca, los nobles o los curacas. Los mitimaes, gentes trasladadas fuera de su lugar de origen como castigo ejemplar o con fin colonizador, podían considerarse también un grupo social en situación especial, si bien sus integrantes eran familias completas de "hatun runas", o grupos más numerosos. También hubo un cierto número de artesanos, si bien al tratarse de gentes muy especializadas, cabe pensar que no eran originariamente incas sino de otras culturas sometidas. En cuanto a la presencia de esclavos en el imperio incaico, denominados pinas, solamente consta un grupo, directamente sometido al Sapa Inca, cuyo origen parece ser su captura en guerras o rebeliones de especial gravedad, donde en compensación a mantenerlos vivos el soberano les mandaba a trabajar en los campos de cocales de por vida, tarea muy peligrosa para la salud, por la humedad, calor y penurias del ambiente, donde además eran frecuentes graves enfermedades, como la "uta", especie de lepra que deformaba el rostro. No obstante, estos pinas (hombres y mujeres) disponían allí mismo de tierras para sostenerse y vivían con total libertad pero sin posibilidad de cambiar de lugar.

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