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1. LA MONARQUÍA HISPÁNICA
1. Felipe II, aprendizaje
El 9 de Marzo de 1526, Carlos I entra en Sevilla, donde conoce a su
primera esposa, Isabel de Portugal. Ese verano lo pasaron juntos en el sur
de España, viviendo durante la mayor parte del tiempo en la Alhambra, que
Carlos ordenó ampliar con un nuevo conjunto de habitaciones. El palacio
nunca llegó a terminarse y Carlos nunca volvió a Granada, pero allí fue
donde Felipe II fue concebido. En diciembre sus padres regresaron a
Castilla la Vieja, a Valladolid, donde Carlos I tenía la capital del Reino.
En el edificio conocido hoy en día como "el Palacio de Felipe II" nació
Felipe el 21 de Mayo de 1527, en presencia de su padre y de los principales
nobles.
La casualidad dinástica había reunido en la persona de Carlos I cuatro
herencias separadas, cada una de las cuales era una entidad política
importante. De su abuelo paterno, Carlos recibió los estados hereditarios
de los Habsburgo en el sudeste de Alemania y, después de 1519, el título de
sacro emperador romano; de su abuela paterna heredó las tierras de Borgoña
en los Países Bajos. De la abuela materna, Carlos I recibió Castilla y las
conquistas castellanas en el norte de África, el Caribe y Centroamérica. De
su abuelo materno heredó Aragón y los territorios aragoneses de ultramar,
Nápoles, Sicilia y Cerdeña. Durante el reinado de Carlos I, él iba a añadir
otros territorios a los ya mencionados: en los Países Bajos se anexionaron
varias provincias en el nordeste; en Italia consiguió el ducado de
Lombardía y en el norte de África conquistó Túnez (ambos en 1535); y lo más
espectacular, en América unos pocos miles de españoles conquistaron en
veinte años (1519-1539) un área ocho veces superior a Castilla, habitada
por una quinta parte de la población mundial.
En el momento de nacimiento de Felipe II la mayor parte de esas
conquistas todavía no se habían producido. En 1527, Carlos I estaba en
guerra con Francia y con muchos de los príncipes independientes de Italia,
entre los que se encontraba el Papa.
Fue doblemente necesario tener al príncipe Felipe en España porque su
padre, el emperador, estaba frecuentemente ausente. De 1529 a 1533 estuvo
en Italia y Alemania, intentando organizar la defensa de la cristiandad
contra los Turcos. En 1535-1536 estuvo ausente de nuevo, conquistando
Túnez. De 1539 a 1541 estuvo en los Países bajos, y después de salir para
el norte de Europa, en mayo de 1543 no pudo volver a España hasta 1556. De
este modo Felipe II pasó muchos de sus años de formación separado de su
padre, y en 1539, cuando tenía solamente doce años, murió su madre. El
joven príncipe se vio obligado por el protocolo de la corte a encabezar el
corte fúnebre desde Toledo, donde murió la emperatriz, hasta la tumba de
sus antepasados en Granada[1]. Mientras Carlos I se encerró en un
monasterio y guardó luto durante ocho semanas.
Hasta 1535, Felipe fue criado con su hermana María, que era un año menor
que él, en la casa de su madre. La vida allí parece haber sido
despreocupada y fácil, pues a la edad de siete años todavía no sabía ni
leer ni escribir. Escandalizado por el retraso un miembro del entorno del
príncipe compuso un libro especial para enseñarle las primeras letras, y
otro para enseñarle gramática castellana, puesto que los jóvenes alumnos
encontraban demasiado difícil la gramática Castellana al uso del gran
humanista Antonio de Nebrija. El mismo cortesano también tradujo al
castellano el texto clásico de Erasmo, Institutio principis christiani[2].
Pero este comienzo prometedor fue anulado con la elección de Juan Martínez
de Siliceo como tutor de Felipe, por delante de candidatos tan notables
como Juan Luis Vives[3]. Más tarde se hizo cargo de su educación Zúñiga, el
cual fue muy severo. En 1541, se designó a Cristóbal Calvet de Estrella[4]
para que enseñase latín y griego a Felipe, a Honorato Juan para que lo
instruyese en matemáticas y arquitectura, y a Juan Ginés para que le
impartiera geografía e historia. En todo momento Carlos I se interesó mucho
por la educación de su hijo, Felipe, y estuvo en contacto con sus maestros
en todo momento.
El 1 de marzo de 1543 Carlos y Felipe salieron de Madrid. Este último
acompañó a su padre hasta Alcalá de Henares. Carlos continuó a Zaragoza y
Barcelona. En la primera semana de mayo se embarcó rumbo a Palamós después
de nombrar a su hijo regente de España. Carlos iniciaba la ausencia más
prolongada de la península, un periodo de catorce años fuera con el
propósito de llevar sus cometidos imperiales a buen término, arruinando su
salud en el proceso. Felipe se convertía en el gobernante real y permanente
de España. Ciertamente estos primeros años de regencia fueron sólo un
aprendizaje, pero ayudaron a moderar al rey, y su importancia para el
desarrollo ulterior no debe minimizarse.
Felipe II empieza a gobernar en 1556 con un ideario muy similar al de su
padre: fortalecer el catolicismo y engrandecer el poderío hispánico.
A continuación se muestra la familia de Felipe II.
Carlos I c Isabel de Portugal
(1500- 58) (1526) (1503-39)
____________________________
Margarita de Parma Felipe II María Fernando Juana Don Juan
(1522-86) (1527-98) (1528-1606) (1529-30)(1535-73) (1547-78)
se casa con:
1) María de Portugal en 1543 ------------------ Don Carlos (1545-
68)
2) María Tudor en 1554
3) Isabel de Valois en 1560, teniendo como hijos a:
- Isabel (1566-1633)
- Catalina (1567-97)
4) Ana de Austria en 1570, teniendo como hijos a:
- Fernando (1571-78)
- Carlos Lorenzo (1573-75)
- Diego (1575-82)
- Felipe III (1578-1621)
- María (1580-83)
A Felipe II, pese a las insinuaciones de ciertos embajadores
extranjeros, sencillamente no le interesaban las mujeres, ni por su
compañía ni por sus encantos sexuales. Aunque estuvo casado cuatro veces,
nunca parecía sentirse agusto con ninguna mujer.
Aunque en 1570 se casó con su sobrina, Ana de Austria y aunque en ella
encontró compañía durante más tiempo que con sus otras mujeres, parece
claro que fue arrastrado a su cuarto matrimonio por la necesidad de tener
un heredero varón.
1.2 Política
1.2.1 Política interior
En Nada había cambiado sustancialmente el Imperio español al
advenimiento de Felipe II. En su contextura externa estaba formado por
varios núcleos:
a) los reinos de España (Castilla y sus anexos, las Provincias
Vascas, Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca), y, unido a la
corona del Castilla, los inmenso territorios descubiertos y conquistado en
América, desde hasta el Plata, más algunos de Oceanía, como de las islas
Filipinas y parte de las Molucas.
b) Los Reinos Italianos (Sicilia, Cerdeña, Nápoles y Milán),
anexionados anteriormente por la corona de Aragón o conquistados más
recientemente a Francia. Complementarios de éstos, los llamados "presidios
africanos", plazas fuertes que formaban una eficaz línea de fortificaciones
que garantizaba la navegación entre los reinos españoles y los de Italia
(Orán, Bugía, Túnez y otras menores).
c) Finalmente, los países Bajos y el Franco-Condado, más alejado por
tradición y peculiaridades nacionales, pero que Carlos V quiso unir a la
Corona Española. Es verdad que estos territorios formaban un basto Imperio,
el mayor poder cristiano de la época y que podía afirmarse que en los
dominios de Felipe II no se ponía jamás el sol.
Sin embargo, este inmenso Imperio era muy endeble, tanto por su
heterogeneidad estructural, como por las distancias que separaban a los
diversos miembros de constitutivos. Propiamente los reinos españoles eran
el núcleo vertebral de la Monarquía y su principal fundamento. Los demás
territorios, procedentes o de la expansión nacional, emprendida por los
Reyes Católicos, o por herencia de los Habsburgo, constituían más bien
eflorescencias que permanecerían unidas, más o menos estrechamente, a este
núcleo en la medida en que la dinámica del gobierno central y la
convivencia propia marcharan paralelas. Pero de ninguna manera puede
considerarse los territorios filipinos fuera de la Península como eslabones
integrados.
El imperio hispánico era una asociación de territorios, a la manera de
un cuerpo federa. Cada uno de ellos seguía gozando de su propia autonomía,
de sus leyes y fuero. El rey para cada uno de ellos era el monarca y así se
le consideró siempre que aceptara la propia peculiaridad y respetara sus
estatutos constitucionales. No ha de pensarse que en esta formación de
Estados una más estrecha asociación de intereses colectivos con fines
económicos o políticos, ni si quiera el sentimiento de participar en una
empresa común. Ni los ideales de la época caminaban en este sentido, ni el
mismo Carlos V, a pesar de que este fuera su íntimo deseo, había conseguido
dotar a su Imperio de una mística comunitaria. Cada Estado pensó
exclusivamente en los intereses propios, y en los casos que fue necesario
aportar ayuda militar o económica para otros distintos que los puramente
territoriales, lam