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Profesor: Ferran Grao

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Ovidio y la poesía elegíaca Siendo Ovidio un poeta polifacético, cultivador de la elegía en sus más variados tipos, de la épica con el gran monumento de las Metamorfosis, de la didáctica con los Phaenome y los Halieutica, de la tragedia con su famosa Medea, del epigrama (sobre cuya dedicación a él tenemos ciertas referencias, aparte del epigrama introductor de los Amores), y siendo, en cuanto a los contenidos, poeta del amor, de los dioses y del destierro -según reza el título de la obra de E. Ripert-, fue sobre todo, no obstante, poeta elegíaco y poeta del amor, y como tal precisamente quería él pasar a la posteridad, al escribir su epitafio (en Trist. 111 3, 73-76) en los siguientes términos: «Aquí estoy enterrado yo, el poeta Nasón, cantor de los tiernos amores, a quien su propio ingenio perdió. Pero a ti, que pasas a mi lado, quienquiera que seas, si has amado alguna vez, no te sea gravoso decir: descansen en paz los huesos de Nasón». Poeta elegíaco y simultáneamente poeta del amor, porque el amor es, por excelencia, el contenido de la elegía romana, que llega con Ovidio a su culminación, cultivándola con mayor extensión y variedad que sus predecesores. No deja el poeta de hablar con razón cuando, defendiéndose de sus críticos en Rem. 395-396, se jacta diciendo: «las elegías confiesan que me deben tanto a mí, como debe a Virgilio la ilustre epopeya»). Este género, ofrece en su historia, desde Grecia hasta nuestros días, un curioso proceso cíclico. Es, a saber, que habiendo comenzado a ser expresión de dolor por la muerte de alguien (Horacio en Ars Poet. 75, opinión que transmite también Dídimo en sus escolios a Aristófanes, Aves 217), varió y multiplicó sus posibilidades temáticas en la literatura griega. Las primeras muestras conservadas del género en Grecia no se corresponden con esa temática fúnebre que era primigenia. La elegía griega arcaica tiene ya un contenido diversificado, y aún se diversificaría más en época helenística. Encontramos así desde la Elegía a Pericles de Arquíloco, de tipo consolatorio por la muerte de un ser querido -lo más cercano a la presunta temática genuina- hasta las elegías políticas de exhortación guerrera, escritas por Calino y Tirteo, o de admonición moral, escritas por Solón, y ya en tiempos subsiguientes, las mítico-narrativas de Calímaco y los alejandrinos. En cambio en Roma se centró en la exposición y glosa de la vivencia amorosa subjetiva (aunque no faltan ejemplos aislados de otra temática). Y en la literatura de tradición clásica, cerrando ese proceso cíclico al que aludíamos, ha vuelto a asociarse mayoritariamente con el contenido fúnebre; y eso, sin duda alguna, ha ocurrido más por obediencia a la preceptiva horaciana, que por seguimiento de los modelos latinos conservados, Tibulo, Propercio y Ovidio, quienes, cantando al amor, escapaban de tal preceptiva. Puede entenderse bien, sin embargo, que, siendo la querimonia o queja lo privativo de la elegía, se cambiara en un momento dado el objeto de dicha queja, y de la desgracia de la muerte de alguien cercano pasara a ser lamento por la desgracia amorosa de una ausencia o de un desdén. Pero calibremos más hondamente el cambio que se opera en Roma con respecto al género. En la literatura antigua aún no sucedía, como en las literaturas modernas, que el amor fuera el tema casi universal. Sólo a partir del helenismo, con lejanos precedentes en los líricos, sobre todo en Safo, y más recientes en la tragedia de Eurípides y en la comedia nueva, se impone el sentimiento erótico, con su ya clásica aura de romanticismo en torno a él, como contenido prevalente de las letras: del epilio, del epigrama, de la novela". Pero lo que aun en la literatura helenística sigue siendo insólito hasta cierto punto es la confesión íntima y el punto de vista subjetivo. Esto lo recuerda muy oportunamente Rostagni trayendo a colación en principio la prescripción aristotélica en Poer. XXIV 1460 a, de que el poeta debe expresarse lo menos posible en nombre propio, debiendo hacerlo más en nombre de sus personajes. Y dicha prescripción concuerda prácticamente con la doctrina de Platón en el Fedón (60-61), donde se establecía que el oficio del poeta era el de componer relatos y no discursos. Continúa Rostagni puntualizando cómo incluso los líricos antiguos, en sus limitadas efusiones de intimidad, no dejaban de recurrir al apoyo del mito. Domina el mito y la objetivación. Y este postulado es extensivo también a la literatura helenística, caracterizada en buena parte por una búsqueda de la erudición y por un afán de recreación y variación sobre lo ya transmitido. Sólo en el género epigramático, y especialmente en el de tipo amoroso, puede verse con claridad una proyección de la persona del poeta que escribía. Y éste es, sin duda, el ejemplo básico y el punto de arranque para los elegíacos romanos. No obstante, puestos a encontrar diferencias y originalidades, Rostagni considera que incluso los epigramas más delicados y apasionados de Asclepiades, Posidipo, Leónidas o Meleagro, no dejan filtrar de sus personales vicisitudes sino ciertos retazos mordaces y alusivos, y ponen siempre freno a una definitiva expansión. Pero yo creo que esto es ya cargar las tintas y marcar demasiado las fronteras, pues tal contención epigramática no parece ser sino consecuencia inevitable de un condicionante genérico: la brevedad. Y es precisamente con lo que rompen los latinos. Y continuando en la línea tópica de los epigramatistas alejandrinos y adueñándose de su mismo vehículo métrico, el dístico elegíaco, amplían los poemas extendiéndose en la confidencia, añaden precisiones en detrimento de la que era inherente concisión del epigrama, y obran así la metamorfosis de epigramas en elegías. Junto a esta evolución, cuenta bastante menos la influencia que, en cuanto a tipos y situaciones, ejerciera la comedia nueva, y la débil herencia de la elegía griega antigua. Ahora bien, después de los descubrimientos de Cornelio Galo en Nubia (dos años posteriores al libro de Sabot), donde lo que se nos ha conservado son epigramas de tema amoroso y político, hemos de concluir que en la obra de Galo debía de darse la misma mezcla entre epigramas y elegías que se daba en el libro de Catulo; seguramente predominaba en ellos ya el poema largo o elegía, pues de lo contrario no se explicaría bien el renombre de que goza en la literatura antigua como padre del género; pero, en suma, el libro exclusivo de elegías no sería entonces creación de Galo, como se había pensado siempre sino que el primero en llevar a cabo tal empresa habría sido Tibulo. Ya en Tibulo, Propercio y Ovidio nos hallamos, efectivamente, con poemas en disticos elegiacos, de más de 25 versos por lo general, de temática amorosa subjetiva, que son las muestras de lo que conocemos como elegía romana. Y es, por tanto, en esta intensificación de lo autobiográfico.en este romper los moldes del epigrama alejandrino, henchidos por la expresión del propio sentimiento, donde reside la novedad del género en las letras latinas. Pero, en lo que a Ovidio concierne, hay que precisar a su vez las innovaciones que introdujo en el género. Porque Ovidio no se quedó sólo en la manifestación amorosa subjetiva como contenido elegíaco, sino que combinó el género con lo epistolar y didáctico, y produjo obras novedosas como las Heroidas, el Arte de amar, el Sobre la cosmética del rostro femenino y los Remedios contra el amor. El conjunto entero que componen las cinco obras (salvo las Heroidas), está caracterizado frente a la producción de Tibulo y Propercio, modelos del género, por un humor e ironía, e incluso parodia, verdaderamente insólitos en la elegía. Y dentro de ese conjunto existe una significativa red de variaciones, contrastes y complementaciones sobre una común base temática, que nace, sin duda, de una voluntad de sistema y de una bien asimilada formación retórica. Lo que es práctica en Amores y Heroidas, es teoría en Ars, Remedia y De medicamine. El punto de vista masculino de Amores contrasta con el punto de vista femenino de Herodias. Identificándose el poeta con el amante, el subjetivismo de Amores, contrasta también con el objetivismo de Heroidas. Aun dentro de Heroidas hay contraste entre las escritas por mujeres y las escritas por hombres, que son sólo tres: XVI (Paris a Helena), XVIII (Leandro a Hero) y XX (Aconcio a Cidipe). Dentro de las obras de teoria amorosa o didácticas, el destinatario masculino de Ars I, II, contrasta con el destinatario femenino de Ars III y De medicamine. Y dentro de este mismo subconjunto, las lecciones a favor del amor en Ars se contrarrestan con las lecciones en contra de Remedia, obra que va indistintamente dirigida a hombres y mujeres. Pero el tema de fondo sigue siendo el amor y pueden señalarse muchos motivos repetidos en ellas y tratados desde esos diferentes presupuestos. De modo que aunque Ovidio, usando una metáfora totalmente original diga en Am. 1 3, 15 non sum desultor amoris, refiriéndose a su práctica amorosa, sí que podríamos decir trasladando sus palabras al terreno literario, que fue un desultor amoris por su experiencia en la variedad de tratamientos dados a lo erótico. Varias obras: las Heroidas, que cronológicamente vienen después de la primera edición de Amores. En estas c

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